Cuento: Buena digestión

Me pregunto por qué mi padre antes de salir de casa me decía “¿Seguro que ya fuiste al baño?, no quiero que al rato me digas que ya te anda”. Lo mismo daba si íbamos a casa de mi abuela, al mercado o a la escuela. A veces llegaba a molestarme mucho su insistencia, pero comprendí dos cosas, me preguntaba para evitarse la fatiga de buscar y llevarme a un baño público y también para ahorrarse un discurso acerca de que evacuar (él prefería decir “evacuar” en vez de “defecar”, le resultaba púdico), en ellos no tenía nada malo, sólo hay que tener cierta habilidad para realizarlo con limpieza. Las palabras de mi padre en vez de tranquilizarme me daban terror, “cierta habilidad”, pues defecar, ahora, se convertía en todo un desafío. Efectivamente, en una ocasión, cuando estábamos lejos de casa, me vino un retortijón junto con una contracción de nalgas dándome aviso de una inmediata evacuación. Heladio, mi padre, mientras buscaba rápidamente un baño público evocaba sin siquiera pasar saliva las tantas veces que preguntó si estaba seguro de haber ido antes de salir de casa. La realidad me sobrepasó, era la primera vez, por no haberle hecho caso a Heladio, que conocía un retrete de dominio público, para ser preciso, del mercado. Tengo que decir que ésa no fue la única vez que tuve que acceder a uno de ellos, hay otros sitios en los que los retretes no son como el que afronté en mi primera ocasión. Éste carecía del lustre, estaba decorado, por llamarlo de una manera que no dé asco al pronunciarlo, con incrustaciones de granito abigarrado, tanto en la pared de cemento como en el excusado, teniendo poco espacio para mover los pies con libertad y mantenerse en cuclillas, acompañado de una luz mortecina que más que brillar enceguecía el lugar. Me negué a defecar ante tal bodrio, pero mi comida exigía libertad y no podía negársela durante más tiempo. Recibí algunas advertencias y consejos de mi padre, gritaba “Haz de aguilita, no te vayas a ensuciar; aguanta la respiración; atínale (como si aquel lugar pudiera estar más sucio); haz rápido para que no te canses, puja; ¿no te hace falta papel? A partir de ese momento defecar ya no era un acto natural, lo que todos hacen, sino una incomodidad impuesta por la naturaleza. Estaba enojado porque a pesar de que mi cuerpo quería liberar algo que ya no necesitaba no se sentía relajado para poder hacerlo, entre los gritos de apoyo de Heladio y el concierto de popó, chasquidos, pujos y diarreas, en un espacio cerrado que albergaba, por lo menos, cuatro compartimentos, no encontraba la concentración precisa para asimilar que defecar era un acto natural. Estos acontecimientos pasaron de manera frecuente, más de lo que yo esperaba. En la escuela, por ejemplo, aprendí a desarrollar un esfínter fuerte, puesto que, por alguna extraña razón, a veces no es suficiente hacer del baño una sola vez en la mañana, cuando estoy en la escuela me dan ganas de hacerlo de nuevo, pero los baños de la primaria tampoco me resultan agradables. Supongo que los niños gordos son quienes han de dejarlos sucios, quién más puede hacer tanta popó como para que se desparrame de la taza, sí, porque cuando estás en el baño no te puedes ni sentar. Alguna vez pensé que eran los maestros, pero ellos tienen su propio baño. La  puerta que separa el baño de los maestros del de los alumnos siempre ha sido un misterio para mí y para mis amigos, nunca lo ocupan, hasta dudamos que sea un baño, hemos tratado de averiguarlo pero el temor que nos embarga es tal que preferimos dejarlo en el misterio. Personalmente, cuando me pongo serio, considero que a los maestros también les da repulsión hacer en el baño de la escuela. En muchas ocasiones, para defecar tranquilamente en mi casa, aguanto desde la entrada a clases hasta la salida. Incluso en un viaje familiar aguanté seis horas de trayecto que comprendía el traslado de regreso a casa, mis padres, mis tíos y mis abuelos insistían en que si ya me andaba mucho nos paráramos, para que fuera entre los árboles del bosque a dejar mi alma, así me decía mi tío, que era un pesado, sin embrago cada vez que decía eso toda la familia se reía, incluso mis padres. La naturaleza tampoco propiciaba el lugar correcto para tal tarea, el frío y las ramas de las hierbas me daban cosquillas, además nunca me ha gustado hacer en cuclillas. Mis primeros acercamientos con los baños públicos sucedieron cuando yo tenía seis años, hoy tengo trece, en todo este tiempo he aprendido mucho sobre ellos. Los baños públicos menos sucios, porque ninguno de ellos puede llegar a ser pulcro, son los de las plazas comerciales, en estos tan sólo con rodear la taza con papel se puede permanecer sentado, eso sí, haciendo lo más rápido que se pueda, porque los olores que allí reposan, en sus diferentes fragancias, son el cúmulo de gases intestinales de las personas que han pasado antes o incluso las que aún están allí. Sin duda, los baños menos propicios para hacer popó son los defecadores sociales o comunitarios, les di este nombre porque me di cuenta que el ir al baño no sólo sirve para expulsar los excrementos sino que también sirven para hacer amigos. La verdad es que no pasa esto, pero no sé quién tuvo la grandiosa idea de diseñar inodoros contiguos y frontales dentro de una misma estancia que permite ver las gesticulaciones del compañero de baño mientras trata de estimular su estómago. Ante esto tuve que dar marcha atrás, afortunadamente en aquella ocasión ya podía aguantar largas horas, las suficientes para encontrar algo decente, eso sí, con bastantes retortijones y borborigmos. Los baños más confiables, aparte del de mi casa, son los de los familiares y conocidos, lo menciono porque esto ayuda a explicar mi situación actual. He sido invitado a la casa de una amiga, bastante bonita, debo de reconocerlo (al parecer le gusto), para una comida, iniciativa de nuestros padres, ya que son muy amigos, desgraciadamente por necedad de mi aparato digestivo, de presionarme en los momentos menos oportunos, me encuentro en el baño. Es bastante limpio, con aromatizante en rociador (el que tiene mi familia es en pastilla), también es amplio aunque la decoración es desagradable, la moldura del cancel, el espejo y la puerta son dorados y los aditamentos de la jabonera, del rollo de papel y del vaso para los cepillos dentales son plateados, ambos colores resplandecientes; espero que Leticia, mi amiga, no ella haya elegido la decoración. Justo al entrar me encontré un cuaderno con pastas duras, de cuero, con el nombre de mi amiga en la portada, algo bastante curioso, no le di importancia. Me pareció divertido escribir en él un recuento de estos inconvenientes digestivos, para después destruirlos. Creo que alguien viene, se acerca corriendo. Están tocando la puerta desesperadamente, a alguien como a mí debió haberle caído pesada la comida, además, tengo que parar, se me han adormecido las piernas.

I.L.

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