Cuento: Sensaciones

1

Quisiera saber con precisión si tengo los ojos abiertos o cerrados, no encuentro la diferencia, la oscuridad es tan profunda que apenas puedo sentir cuando mis párpados se entornan, para asegurarme si están abiertos o cerrados tengo que pasar mi dedo índice sobre mis ojos. Sé que acabo de llegar a este lugar, la última vez estaba en un bosque de abetos, en un camino laberíntico. Precedentemente, encerrado con cinco personas en una habitación de una casa colonial, con un candelabro colgante en el centro del alto techo; estas personas, al igual que yo, no tenían idea de lo que hacían allí. Y ahora esto. No he tenido la oportunidad de explorar este sitio, por mi postura puedo decir que estoy en una banca, no es un sillón o una cama, ambos son suaves o por lo menos blandos, además, esto es angosto y rígido y mis piernas están suspendidas, apenas puedo tocar el suelo.

No sé cuánto tiempo estaré aquí, por lo menos iré conociendo alrededor mío. De momento me desplazaré hacia la izquierda, de paso en paso, más allá de donde estoy sentado posiblemente encuentre una pared, me ayudará a delimitar esta absoluta tiniebla. Quisiera recargarme pero no tengo ningún punto de apoyo más que este asiento. Ciertamente no sé cuál sea la izquierda o la derecha, atrás o delante, sino en referencia a mi propio cuerpo, tendré que, primero, caminar siempre desplazándome hacia los lados, aunque también podría ir de frente, pero me sentiré mucho más seguro teniendo el total apoyo de uno de mis costados, para ir con mayor cautela, por si haya algún desnivel y no causarme daño; contaré cada uno de mis pasos, mantendré un margen de cincuenta para no distanciarme del único lugar seguro que tengo, y los suficientes para dibujar mentalmente el croquis del espacio recorrido; después, haré lo mismo con la parte derecha, trasera y delantera; por último, averiguaré la altura. A partir de ahora evitaré girarme para no alterar las direcciones ni las posiciones de los posibles objetos que vaya encontrando. También voy a fijar algún sitio para mear y defecar, no puedo hacerlo cerca de donde reposo, sería bastante repugnante dormir en mi propia mierda. El problema será cuando me sienta cansado y tenga que dormir, cómo saber si despierto del lado correcto, de momento no importa, más tardé lo resolveré.

Ahora que estoy de pie, se me hace extraño haber tenido una sensación de vértigo, no puedo ubicar nada, tal vez sea la falta de ver puntos fijos. Por un momento pensé que vomitaba, iba a ser un desastre, hubiera significado una tarea de reubicación, ¿hacia dónde?, pues no tengo ni idea, pero hubiera sido enorme el esfuerzo de haber sucedido, sobre todo porque el plan se hubiera venido abajo, yendo de un lugar a otro, exponiéndome a sufrir un accidente por mi intolerancia al hedor. Por fortuna logré reponerme asegurándome de la banca, nunca había sentido tal pérdida del sentido. Ahora me dispondré a recorrer mi lado izquierdo. Recuerda, desplázate abriendo el compás de tus piernas, no debes girarte hacia ningún lado por ningún motivo.

2

El sol va extendiendo sus múltiples brazos albinos. Son las siete de la mañana, en las angostas y céntricas calles de Pachuca se ve a la gente apresurada, otra un tanto más calmada. Cerca de las escuelas se encuentran los padres despidiéndose de sus hijos. En las esquinas, los puestos de periódicos extienden los diarios, en su mayoría los de circulación local, cubriendo la mayor parte de sus estantes. A contra esquina, las señoras de los tamales, siendo éstas el servicio de comida rápida matutino. En los parques van los deportistas, jóvenes y adultos, llenando sus pulmones de aire denso, acompañados o solitarios, abstraídos en su ejercicio a pesar del tránsito vehicular. Son pocos los viejos que salen a tomar el baño de sol, pero menos son aquellos que aún pueden moverse por su propio pie, los que no, allí van en la acera en su silla de ruedas empujados por algún familiar. Los barrenderos, concentrados en su trabajo, agradecen que Pachuca sea una ciudad pequeña, por aquí y por allá una basura, más adelante otra, en el adoquín hojas secas.

Una vez pasadas las horas de la actividad matinal, el medio día es impasible, el tiempo transcurre con calma, el andar de las personas es pasmoso, al contrario, en las carreteras, los conductores manifiestan apuro, los peatones no le encuentran sentido, discuten entre ellos, después de un momento, llevándose sus quejas hacia sus adentros, siguen su camino, los desesperados se aventuran a decir algún carajo. Pero a esa hora nada trasciende, las personas parecen inalterables.

Por la tarde, cerca de las diecisiete horas, hay un espectáculo sin igual, se puede observar salir despavoridos a los oficinistas de gobierno, como si reventara un saco de arena. Apegados a las normas de su trabajo, puntualmente dejan sus labores burocráticas para ir directos a sus casas. Una vez más, las calles cobran vida. Sobre Juárez y Madero ansiosos están los trabajadores por poder alcanzar un lugar en el próximo transporte colectivo que los lleve de regreso a su tranquilidad. En un lado y en el otro, están los voceadores, ordenando el tráfico del transporte público y anunciando las rutas y los destinos. En las carreteras se circula con fluidez.

Al atardecer soplan los vientos pachuqueños, gélidos en invierno, frescos en verano, pero ahora son templados, como caricias en el rostro. Las cafeterías de Revolución se van poblando, la avenida en sí se convierte en la más acogedora, con sus palmeras tropicales y su aire fresco, su recorrido es altamente placentero para cualquier lugareño. Al fondo, hacia el norte, la parte semimontañosa de Pachuca se ve cubierta por las nubes, como si una avalancha de nieve se avecinara y devorara toda la ciudad, sin embargo, el panorama brinda una tranquilidad envidiable.

Ya entrada la noche, las calles son abandonas, de vez en cuando se ve un coche en las avenidas, el sonido de los aviones se aprecia con claridad a pesar de estar a gran distancia, es extraño ver a un vagabundo nocherniego, cada quien yace en su hogar. No hay nada mejor que hagan los pachuqueños que guardarse en sus desanimadas casas.

Podría pensarse que Pachuca, al ser un lugar pequeño, disfruta de la familiaridad de sus habitantes, de la cercanía vecinal o de la cortesía pueblerina. Nada más parecido. Son respetuosos pero reservados, apáticos, poco participativos, indiferentes. Su interés se centra en la poca o mínima alcurnia que les otorgan sus apellidos que presumen cual títulos nobiliarios o, para los que no lo tienen, en jactarse de tener algún vínculo o cercanía con los que lo tienen. Los demás, se contentan con poder acceder a un automóvil de agencia, a un televisor nuevo, o un teléfono inteligente, de última generación y, para los miserables, basta dar “gracias a dios” por la comida del día. Así es como vive diariamente la gente de este lugar.

3

Mi preocupación por estar recluido en un espacio oscuro e indeterminado hizo que pasara por alto el trinar de los pájaros. No soy aficionado a las aves como para distinguir entre el trino de un ruiseñor y el de un zorzal, pero puedo decir que esos gorjeos son los de un gorrión común, no puedo estar más seguro, un pájaro que he visto y he escuchado cuando recorro las calles de Revolución y Madero, es inconfundible su trinar por ser tan repetitivo, agudo y quejumbroso, sí, esto es lo que escucho en este momento, tendría que haber ventanas por algún lado, pero es imposible puesto que cualquier resquicio dejaría pasar el mínimo de luz, la suficiente para que la dilatación de mis pupilas pueda dar cuenta de los objetos que me rodean. A decir verdad, sólo me he topado con tres cosas, no parecen tener alguna relación entre sí. Una almohada, una bicicleta y un cofre. Nada de utilidad en estas condiciones. Pude haberme traído la almohada, pero era tan grande que lo único que me podía procurar era una torcedura de cuello. Y qué decir de la bicicleta, si caminar en este lugar me aterra ya me imagino yo yendo a toda velocidad. El cofre estaba vacío, a pesar de ser más o menos de un metro de largo por medio metro de ancho y cuarenta centímetros de alto, no encontré nada en su interior. Decidí que sería mejor dejar las cosas donde estaban, al menos así me evitan la fatiga de contar una y otra vez mis pasos. Recuento: la almohada está a la derecha, a quince pasos; la bicicleta en frente, a veintitrés pasos; el baúl está a mis espaldas, a treinta y nueve pasos. Debo de repasarlo por lo menos cada media hora, no puedo confiar enteramente en mi memoria. La almohada está a la derecha, a quince pasos; la bicicleta en frente, a veintitrés pasos; el baúl está a mis espaldas, a treinta y nueve pasos. Otra vez. La almohada está a la derecha, a quince pasos; la bicicleta en frente, a veintitrés pasos; el baúl está a mis espaldas, a treinta y nueve pasos. Por ahora esto será suficiente.

Es imposible saber la extensión de lo que he recorrido, no he encontrado ningún muro y tampoco pude delimitar la altura a pesar de haber aventado mis zapatos tan altos como la fuerza de mi brazo derecho lo permite, y no escuché nada, sólo el lugar por donde cayeron. Qué imprudencia, pensar que tardaría más de quince minutos buscándolos. Por fortuna no estaban muy lejos. La superficie es bastante regular, no noté ninguna diferencia en el suelo, todo es rígido y seco, parece asfalto. Quisiera aventurarme a hacer un recorrido de mayor extensión, pero con la caída, que me costó torcerme la mano izquierda y tener un dolor constante en mi muslo derecho, no me siento seguro. Es ridículo que me haya lastimado con la maldita banca justo en mi regreso. De hecho, por su culpa, tengo esta desconfianza. He pasado mucho tiempo aquí pero aún no calculo bien las distancias, ahora aprecio el verdadero valor de mis ojos, tan acostumbrado estoy a ellos.

Decidí tomar un descanso, quisiera saber la hora, esto es lo más frustrante, a pesar de tener un reloj no puedo mirar las manecillas. Sólo puedo calcular el tiempo, confío mucho en mi reloj biológico. Desde hace aproximadamente tres horas estoy recostado sobre mi lado derecho. Para no quedarme dormido sin saberlo, tengo que hacer esta plática en voz alta constantemente, aunque, sinceramente, estoy extenuado. De cualquier manera ya he resuelto cómo voy a dormir, sólo es cuestión de colocar mis zapatos perpendicularmente a la banca, si me doy vuelta en mis sueños, al despertarme bastará con buscar en alguno de los lados. Será mejor que, antes de entrar en un cansancio profundo, los disponga en el lugar correcto, por si acaso me encuentro todavía aquí. Siento que al despertar estaré en algún otro lado, ésta podría ser la oportunidad de dejar este sitio. Pero por qué no puedo dormir, será por el cansancio. Voy a dejar de hablar, tal vez así piense que estoy dormido.

4

En plaza Juárez se encuentra el parque más transitado de Pachuca, está al lado del edificio de gobierno. Hay un quiosco de pretiles color blanco en el medio, parece estar dentro de un hexágono cuyo contorno está formado por arbustos. El parque está guarecido por la sombra de álamos, pinos y cipreses. El pasto, a lo largo y ancho del jardín, sirve de alfombra para los idilios juveniles. Al caminar entre sus sendas adoquinadas, uno puede encontrase a los dulceros y sus carretillas que, además de los dulces, están surtidas de chicharrones y cigarros. En la parte colindante con la plaza Juárez, se localizan los boleadores de zapatos. El tránsito peatonal es variado, señoras y señores con el mandado, albañiles con sus herramientas de trabajo, burócratas que salen de sus cubículos para tomar un refrigerio, escuelantes practicando los redobles de la banda de guerra, personas en general que deciden quedar para desenvolver sus pláticas o simplemente para pasar el rato.

El señor Ismael Jaramillo es uno de ellos, todos los días se coloca en una de las bancas frente al quiosco. Al ir caminando por la plaza, se detiene cada tanto para admirar el paisaje, un paisaje que conoce bastante bien pero que no deja de asombrarle. Tiene cuarenta años, es alto, de cabello castaño, ojos marrones, de piel conservada, aspecto noble, viste pantalones de gabardina entallados, camisas de algodón, igualmente al talle, y zapatos oxford. Una vez que toma asiento se queda quieto, a veces concentrado, como resolviendo un misterio, a veces con una pequeña sonrisa, apenas marcada. La gente que pasa no se da cuenta de su presencia. Sólo los que frecuentan entre las doce y dos de la tarde saben de las visitas habituales del señor Jaramillo. Nunca se le ha visto acompañado, ni tampoco hablar con alguien, más bien, la gente se sorprende de encontrarlo hablando solo. Jamás se le vio preocupado. Es tanta su abstracción que las personas tentadas a dirigirle unas palabras prefiere seguir de largo, además, por su mirada, da la sensación haber abandonado su cuerpo, de estar en otro lado. Siempre se retira a las dos en punto, mira a su alrededor como confirmando que todo sigue igual como cuando llegó. Espera un momento para estirar sus piernas y su cuello. En algunas ocasiones enciende un cigarro. A su regreso se le nota una gran sonrisa.

I.L.

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